Unos tímidos nubarrones empezaron a entrar en escena. Otros, más enérgicos y tenaces, decidieron desbancarlos y ocupar la primera fila. Ahí llegaron, implacables, sin piedad hasta conseguir su objetivo.
Nada hubiese podido presagiar este huracán que iba a instalarse en su vida. En un cerrar de ojos, los nubarrones la empujaron hacia las tinieblas. Ahí quedó envuelta por unas cenizas donde ni siquiera podría escribir su nombre. Todo se volatilizaba. El precipicio esparcía sus tentáculos para atraparla en su seno.
